La vuelta · 1879

Canto 5

V

28 estrofas · 168 versos

Aquel desierto se agita

cuando la invasion regresa;

llevan miles de cabezas

de vacuno y yeguarizo;

pa no afligirse es preciso

tener bastante firmeza.

Aquello es un hervidero

de pampas -un celemín-.

Cuando riunen el botín

juntando toda la hacienda,

es cantidá tan tremenda

que no alcanza a verse el fin.

Vuelven las chinas cargadas

con las prendas en montón;

aflige esa destrucción:

acomodaos en cargueros

llevan negocios enteros

que han saquiao en la invasión.

Su pretensión es robar,

no quedar en el pantano;

viene a tierra de cristianos

como juria del infierno;

no se llevan al Gobierno

poerque no lo hallan a mano.

Vuelven locos de contento

cuando han venido a la fija;

antes que ninguno elija

empiezan con todo empeño,

como dijo un santiagueño,

a hacerse la repartija.

Se reparten el botín

con igualdad, sin malicia;

no muestra el indio codicia,

ninguna falta comete:

solo en eso se somete

a una regla de justicia.

Y cada cual con lo suyo

a sus toldos enderieza;

luego la matanza empieza

tan sin razon ni motivo,

que no queda animal vivo

de esos miles de cabezas.

Y satisfecho el salvaje

de que su oficio ha cumplido,

lo pasa por ahi tendido

volviendo a su haraganiar,

y entra la china a cueriar

con un afán desmedido.

A veces a tierra adentro

algunas puntas se llevan;

pero hay pocos que se atrevan

a hacer esas incursiones,

porque otros indios ladrones

les suelen pelar la breva.

Pero pienso que los pampas

deben de ser los mas rudos;

aunque andan medio desnudos

ni su conveniencia entienden:

por una vaca que venden

quinientas matan al ñudo.

Estas cosas y otras piores

las he visto muchos años;

pero si yo no me engaño

concluyó ese vandalaje,

y esos bárbaros salvajes

no podran hacer mas daño.

Las tribus están deshechas;

los caciques más altivos

estan muertos o cautivos,

privaos de toda esperanza,

y de la chusma y de la lanza,

ya muy pocos quedan vivos.

Son salvajes por completo

hasta pa su diversión,

pues hacen una junción

que naides se la imagina;

recien le toca a la china

el hacer su papelón.

Cuando el hombre es mas salvaje

trata pior a la mujer:

yo no sé que pueda haber

sin ella dicha ni goce.

¡Feliz el que la conoce

y logra hacerse querer!

Todo el que entiende la vida

busca a su lao los placeres;

justo es que las considere

el hombre de corazón;

sólo los cobardes son

valientes con sus mujeres.

Pa servir a un desgraciao

pronta la mujer está;

cuando en su camino va

no hay peligro que le asuste;

ni hay una a quien no le guste

una obra de caridá.

No se allará una mujer

a la que esto no le cuadre;

yo alabo al Eterno Padre,

no porque las hizo bellas,

sino porque a todas ellas

les dió corazón de madre.

Es piadosa y diligente

y sufrida en los trabajos;

tal vez su valor rebajo

aunque la estimo bastante;

mas los indios inorantes

la trata al estropajo.

Echan la alma trabajando

bajo el mas duro rigor;

el marido es su señor,

como tirano la manda,

porque el indio no se ablanda

ni siquiera en el amor.

No tiene cariño a naides

ni sabe lo que es amar.

¿Ni que se puede esperar

de aquellos pechos de bronce?

Yo los conocí al llegar

y los calé dende entonces.

Mientras tiene qué comer

permanece sosegao;

yo que en sus toldos he estao

y sus costumbres oservo,

digo que es como aquel cuervo

que no volvio del mandao.

Es para él como un juguete

escupir un crucifijo;

pienso que Dios los maldijo

y ansina al ñudo desato:

el indio, el cerdo y el gato

redaman sangre del hijo.

Mas ya con cuentos de pampas

no ocuparé su atención;

debo pedirles perdón,

pues sin querer me distraje;

por hablar de esos salvajees

me olvidé de la junción.

Hacen un cerco de lanzas,

los indios quedan ajuera;

dentra la china ligera

como yeguada en la trilla,

y empieza allí la cuadrilla

a dar güeltas en la era.

A un lao están los caciques,

capitanejos y el trompa

tocando con toda pompa

como un toque de fajina;

adentro muere la china,

sin que aquel circulo rompa.

Muchas veces se les oyen

a las pobres los quejidos;

mas son lamentos perdidos:

al rededor del cercao,

en el suelo están mamaos

los indios dando alaridos.

Su canto es una palabra

y de ahi no salen jamás;

llevan todas el compás

"Ioká-ioká" repitiendo;

me parece estarlas viendo

mas fieras que Satanás.

Al trote dentro del cerco,

sudando, hambrientas, juriosas,

desgreñadas y rotosas,

de sol a sol se lo llevan:

bailan aunque truene o llueva,

cantando la mesma cosa.