La vuelta · 1879

Canto 4

IV

22 estrofas · 132 versos

Antes de aclarar el día

empieza el indio a aturdir

la pampa con su rugir,

y en alguna madrugada,

sin que sintiéramos nada,

se largaban a invadir.

Primero entierran las prendas

en cuevas como peludos;

y aquellos indios cerdudos,

siempre llenos de recelos,

en los caballos en pelos

se vienen medio desnudos.

Para pegar el malón

el mejor flete procuran;

y como es su arma segura

vienen con la lanza sola,

y varios pares de bolas

atados a la cintura.

De ese modo anda liviano

no fatiga al mancarrón;

es su espuela en el malón,

después de bien afilao,

un cuernito de venao

que se amarra en el garrón.

El indio que tiene un pingo

que se llega a distinguir,

lo cuida hasta pa dormir;

de ese cudao es esclavo.

Se lo alquila a otro indio bravo

cuando vienen a invadir.

Por vigilarlo no come

y ni aun el sueño concilia:

sólo en eso no hay desidia;

de noche les asiguro,

para tenerlo siguro

le hace cerco la familia.

Por eso habrán visto ustedes,

si en el caso se han hallao,

y si no lo han observao,

tenganló dende hoy presente,

que todo pampa valiente

anda siempre bien montao.

Marcha el indio a trote largo,

paso que rinde y que dura;

viene en dirección sigura

y jamas a su capricho;

no se les escapa bicho

en la noche mas escura.

Caminan entre nieblas

con un cerco bien formao;

lo estrechan con gran cuidao

y agarran, al aclarar,

nanduces, gamas, venaos,

cuanto a podido dentrar.

Su señal es un humito

que se eleva muy arriba,

y no hay quien no lo aperciba

con esa vista que tienen;

de todas partes se vienen

a engrosar la comitiva.

Ansina se van juntando,

hasta hacer esas riuniones

que cain en las invasiones

en número tan crecido;

para formarla han salido

de los últimos rincones.

Es guerra cruel la del indio

porque viene como fiera;

atropella donde quiera

y de asolar no se cansa;

de su pingo y de su lanza

toda salvacion espera.

Debe atarse bien la faja

quien a aguardarlo se atreva;

siempre mala intención lleva,

y, como tiene alma grande,

no hay plegaria que lo ablande

ni dolor que lo conmueva.

Odia de muerte al cristiano,

hace guerra sin cuartel;

para matar es sin yel,

es fiero de condición;

no golpia la compasión

en el pecho del infiel.

Tiene la vista del águila,

del leon la temeridá;

en el desierto no habrá

animal que él no lo entienda,

ni fiera de que no aprienda

un instinto de crueldá.

Es tenaz en su barbarie:

no esperen verlo cambiar;

el deseo de mejorar

en su rudeza no cabe;

el bárbaro solo sabe

emborracharse y peliar.

El indio nunca ríe,

y el pretenderlo es en vano,

ni cuando festeja ufano

el triunfo en sus correrías;

la risa en sus alegrías

le pertenece al cristiano.

Se cruzan en el desierto

como un animal feroz;

dan cada alarido atroz

que hace erizar los cabellos;

parece que a todos ellos

los ha maldecido Dios.

Todo el peso del trabajo

lo dejan a las mujeres:

el indio es indio y no quiere

apiar de su condición

ha nacido indio ladrón

y como indio ladrón muere.

El que envenenan sus armas

les mandan sus hechiceras;

y como ni a Dios veneran,

nada a los pampa contiene:

hasta los nombres que tienen

son de animales y fieras.

Y son, ¡por Cristo bendito!,

Los más desasiaos del mundo:

esos indios vagabundos,

con repunancia me acuerdo,

viven lo mesmo que el cerdo

en esos toldos inmundos.

Naides puede imaginar

una miseria mayor;

su pobreza causa horror;

no sabe aquel indio bruto

que la tiera no da fruto

si no la riega el sudor.