La vuelta · 1879

Canto 26

XXVI

11 estrofas · 66 versos

Cuando me llegó mi turno

dije entre mí: "Ya me toca",

y aunque mi falta era poca

no sé por que me asustaba;

les asiguro que estaba

con el Jesús en ia boca.

Me dijo que yo era un vago,

un jugador, un perdido;

que dende que fí al partido

andaba de picaflor;

que había de ser un bandido

como mi antesucesor.

Puede que uno tenga un vicio

y que de él no se reforme,

mas naides esta conforme

con recebir ese trato:

yo conocí que era el ñato

quien le había dao los informes.

Me dentro curiosidá,

al ver que de esa manera

tan siguro me dijera

que jué mi padre un bandido;

luego, lo habrá conocido,

y yo inoraba quien era.

Me empeñé en aviriguarlo;

promesas hice a Jesús;

tuve por fin una luz

y supe con alegría

que era el autor de mis días

el guapo sargento Cruz.

Yo conocía bien su historia

y la tenía muy presente:

sabía que Cruz, bravamente,

yendo con una partida,

había jugado la vida

por defender a un valiente.

Y hoy ruego a mi Dios piadoso

que lo mantenga en su gloria;

se ha de conservar su historia

en el corazón del hijo;

el al morir me bendijo

yo bendigo su memoria.

Yo juré tener enmienda

y lo conseguí de veras;

puedo decir ande quiera

que, si faltas he tenido,

de todas me he corregido

dende que supe quién era.

El que sabe ser güen hijo

a los suyos se parece;

y aquel que a su lado crece

y a su padre no hace honor,

como castigo merece

de la desdicha el rigor.

Con un empeño costante

mis faltas supe enmendar;

todo conseguí olvidar,

pero, por desgracia mía,

el nombre de Picardía

no me lo pude quitar.

Aquel que tiene güen nombre

muchos dijustos se ahorra,

y entre tanta mazamorra

no olviden esta alvertencia:

aprendí por esperencia

que el mal nombre no se borra.