La vuelta · 1879

Canto 13

XIII

12 estrofas · 72 versos

Lo que les voy adecir

ninguno lo ponga en duda:

y aunque la cosa es peluda,

hare la resolución;

es ladino el corazón,

pero la lengua no ayuda.

El rigor de las desdichas

hemos soportado diez años,

pelegrinando entre estraños,

sin tener donde vivir,

y obligados a sufrir

una máquina de daños.

El que vive de ese modo

de todos es tributario;

falta la cabeza primario

y los hijos que él sustenta

se dispersan como cuentas

cuando se corta el rasario.

Yo anduve ansí como todos,

hasta que al fin de sus días

supo mi suerte una tía

y me recogió a su lado;

allí viví sosegado

y de nada carecía.

No tenía cuidado alguno

ni que trabajar tampoco,

y como muchacho loco

lo pasaba de holgazán;

con razón dice el refrán

que lo güeno dura poco.

En mí todo su cuidado

y su cariño ponía;

como a un hijo me quería

con cariño verdadero,

y me nombró de heredero

de los bienes que tenía.

El Juez vino sin tardanza

cuanto falleció la vieja.

"De los bienes que te deja",

me dijo, "Yo he de cuidar:

es un rodeo regular

y dos majadas de ovejas".

Era hombre de mucha labia,

con mas leyes que un dotor,

me dijo: "Vos sos menor,

y por los años que tienes

no podés manejar bienes;

voy a nombrarte un tutor."

Tomó un recuento de todo,

porque entendía su papel,

y después que aquel pastel

lo tuvo bien amasao,

puso al frente un encargao,

y a mí me llevó con él.

Muy pronto estuvo mi poncho

lo mismo que cernidor;

el chiripá estaba pior,

y aunque para el frio soy guapo

ya no me quedaba un trapo

ni pa el frío, ni pa el calor.

En tan triste desabrigo

tras de un mes, iba otro mes;

guardaba silencio el Juez,

la miseria me invadía,

me acordaba de mi tía

al verme en tal desnudez.

No se decir con fijeza

el tiempo que pasé allí;

y despues de andar ansí

como moro sin señor,

pasé a poder del tutor

que debia cuidar de mí.