La vuelta · 1879

Canto 10

X

31 estrofas · 186 versos

Dende ese punto era juerza

abandonar el desierto,

pues me hubieran descubierto,

y aunque lo maté en pelea,

de fijo que me lancean

por vengar al indio muerto.

A la afligida cautiva

mi caballo le ofrecí:

era un pingo que adquirí,

y, donde quiera que estaba,

en cuanto yo lo silbaba

venia a refregarse en mí.

Yo me lo senté al del pampa;

era un escuro tapao

(cuando me hallo bien montao

de mis casillas me salgo),

y era un pingo como galgo

que sabía correr boliao.

Para correr en el campo

no hallaba ningun tropiezo;

los ejercitan en eso,

y los ponen como luz,

de dentrarle a un aveztruz

y boliar bajo el pescuezo.

El pampa educa al caballo

como pa un etrevero:

como rayo es de ligero

en cuando el indio lo toca,

y como trompo en la boca

da gueltas sobre un cuero.

Lo varea en la madrugada

(jamas falta a este deber),

luego lo enseña a correr

entre fangos y guadales:

asina esos animales

es cuanto se puede ver.

En el caballo de un pampa

no hay peligro de rodar,

¡jue pucha!, y pa disparar

es pingo que no se cansa;

con prolijidad lo amansa

sin dejarlo corcoviar.

Pa quitarle las cosquillas

con cuidao lo manosea;

horas enteras emplea,

y, por fin, sólo lo deja

cuando agacha las orejas

y ya el potro ni cocea.

Jamás le sacude un golpe,

porque lo trata al bagual

con paciencia sin igual

-al domarlo no le pega-,

hasta que al fin se le entrega

ya dócil el animal.

Y aunque yo sobre los bastos

me sé sacudir el polvo,

a esa costumbre me amoldo:

con pacencia lo manejan

y al día siguiente lo dejan

rienda arriba junto al toldo.

Ansí todo el que procure

tener un pingo modelo,

lo ha de cuidar con desvelo

y debe impedir también

el que de golpes le den

o tironeen en el suelo.

Muchos quieren dominarlo

con el rigor y el azote,

y, si ven al chafalote

que tiene trazas de malo,

lo embraman en algún palo

hasta que se descogote.

Todos se vuelven pretestos

y güeltas para ensillarlo;

dicen que es por quebrantarlo,

mas compriende cualquier bobo

que es de miedo del corcovo,

y no quieren confesarlo.

El animal yeguarizo

-perdónenme esta alvertencia-

es de mucha conocencia

y tiene mucho sentido;

es animal consentido:

lo cautiva la pacencia.

Aventaja a los demás

el que estas cosas entienda;

es bueno que el hombre aprienda,

pues hay pocos domadores

y muchos frangoyadores

que andan de bozal y, rienda.

Me vine, como les digo,

trayendo esa compañera;

marchamos la noche entera,

haciendo nuestro camino,

sin más rumbo que el destino

que nos llevara ande quiera.

Al muerto, en un pajonal

había tratao de enterrarlo,

y después de maniobrarlo

lo tapé bien con las pajas,

para llevar de ventaja

lo que emplearan en hallarlo.

En notando nuestra ausiencia

nos habían de perseguir,

y, al decidirme a venir,

con todo mi corazón

hice la resolución

de peliar hasta morir.

Es un peligro muy serio

cruzar juyendo el desierto:

muchísimos de hambre han muerto,

pues en tal desasosiego

no se puede ni hacer juego,

para no ser descubierto.

Sólo el albitrio del hombre

puede ayudarlo a salvar:

no hay ausilio que esperar,

sólo de Dios hay amparo;

en el desierto es muy raro

que uno se pueda escapar.

¡Todo es cielo y horizonte

en inmenso campo verde!

¡Pobre de aquel que se pierde

o que su rumbo estravea!

Si alguien cruzarlo desea,

este consejo recuerde:

marque su rumbo de día

con toda fidelidá;

marche con puntualidá,

sigiéndoló con fijeza,

y, si duerme, la cabeza

ponga para el lao que va.

Oserve con todo esmero

adonde el sol aparece;

si hay ñeblina y le entorpece

y no lo puede oservar,

guárdese de caminar,

pues quien se pierde perece.

Dios le dió istintos sutiles

a toditos los mortales;

el hombre es uno de tales,

y en las llanuras aquelas,

lo guían el sol, las estrellas,

el viento y los animales.

Para ocultarnos de día

a la vista del salvaje,

ganábamos un paraje

en que algún abrigo hubiera,

a esperar que anocheciera

para seguir nuestro viaje.

Penurias de toda clase

y miserias padecimos:

varias veces no comimos

o comimos carne cruda,

y en otras, no tengan duda,

con raices nos mantuvimos.

Después de mucho sufrir

tan peligrosa inquietú,

alcanzamos con salú

a divisar una sierra,

y al fin pisamos la tierra

en donde crece el ombú.

Nueva pena sintió el pecho

por Cruz, en aquel paraje,

y en humilde vasallaje

a la majestá infinita,

besé esta tierra bendita,

que ya no pisa el salvaje.

Al fin la misericordia

de Dios nos quiso amparar;

es preciso soportar

los trabajos con constancia:

alcanzamos a una estancia

después de tanto penar.

¡Ah! mesmo me despedí

de mi infeliz compañera:

"Me voy", le dije, "ande quiera,

aunque me agarre el Gobierno,

pues, infierno por infierno

prefiero el de la frontera."

Concluyo esta relación,

ya no puedo continuar;

permítanmé descansar:

estan mis hijos presentes,

y yo ansioso porque cuenten

lo que tengan que contar.