La vuelta · 1879

Canto 7

VII

14 estrofas · 84 versos

aquel bravo compañero

en mis brazos espiró;

hombre que tanto sirvio,

varon que fue tan prudente,

por humano y por valiente

en el desierto murió.

Y yo, con mis propias manos,

yo mesmo lo sepulté;

a Dios por su alma rogué

de dolor el pecho lleno,

y humedeció aquel terreno

el llanto que redamé.

Cumplí con mi obligación;

no hay falta de que me acuse,

ni deber de que se escuse,

aunque de dolor sucumba:

allá señala su tumba

una cruz que yo le puse.

Andaba de toldo en toldo

y todo me fastidiaba;

el pesar me dominaba,

y entregao al sentimiento

se me hacía cada momento

oir a Cruz que me llamaba.

Cual más, cual menos, los criollos

saben lo que es amargura;

en mi triste desventura

no encontraba otro consuelo

que ir a tirarme en el suelo,

al lao de su sepultura.

Allí pasaba las horas

sin haber naides conmigo

teniendo a Dios por testigo,

y mis pensamientos fijos

en mi mujer y mis hijos,

en mi pago y en mi amigo.

Privado de tantos bienes

y perdido en tierra ajena,

parece que se encadena

el tiempo y que no pasara,

como si el sol se parara

a contemplar tanta pena.

Sin saber qué hacer de mí

y entregao a mi aflición,

estando allí una ocasión,

del lao que venía el viento

oi unos tristes lamentos

que llamaron mi atención.

No son raros los quejidos

en los toldos del salvaje,

pues aquél es vandalaje

donde no se arregla nada

sino a lanza y puñalada,

a bolazos y coraje.

No preciso juramento,

deben creerle a Martín Fierro;

he visto en este destierro

a un salvaje que se irrita,

degollar a una chinita

y tirarsela a los perros.

He presenciado martirios,

he visto muchas crueldades,

crímenes y atrocidades

que el cristiano no imagina,

pues ni el indio ni la china

sabe lo que son piedades.

Quise curiosiar los llantos

que llegaban hasta mí;

al punto me dirigí

al lugar de ande venían:

¡Me horroriza todavía

el cuadro que descubrí!

Era una infeliz mujer

que estaba de sangre llena,

y como una madalena

lloraba con toda gana;

conocí que era cristiana

y esto me dió mayor pena.

Cauteloso me acerqué

a un indio que estaba al lao,

porque el pampa es desconfiao

siempre de todo cristiano,

y vi que tenía en la mano

el rebenque ensangrentao.