La vuelta · 1879

Canto 32

XXXII

31 estrofas · 186 versos

-Un padre que da consejos

más que padre es un amigo;

ansi como tal les digo

que vivan con precaución:

naides sabe en que rincón

se oculta el que es su enemigo.

Yo nunca tuve otra escuela

que una vida desgraciada:

no estrañen si en la jugada

alguna vez me equivoco,

pues debe saber muy poco

aquel que no aprendió nada.

Hay hombres que de su cencia

tienen la cabeza llena;

hay sabios de todas menas,

mas digo, sin ser muy ducho:

es mejor que aprender mucho

el aprender cosas gúenas.

No aprovechan los trabajos

si no han de enseñarnos nada;

el hombre, de una mirada,

todo ha de verlo al momento:

el primer conocimiento

es conocer cuándo enfada.

Su esperanza no la cifren

nunca en corazón alguno;

en el mayor infortunio

pongan su confianza en Dios;

de los hombres, sólo en uno;

con gran precaución en dos.

Las faltas no tiene límites

como tienen los terrenos;

se encuentran en los mas güenos,

y es justo que les prevenga:

aquel que defetos tenga,

disimule los ajenos.

Al que es amigo, jamás

lo dejen en la estacada,

pero no le pidan nada

ni lo aguarden todo de el:

siempre el amigo más fiel

es una conducta honrada.

Ni el miedo ni la codicia

es güeno que a uno le asalten,

ansi, no se sobresalten

por los bienes que perezcan;

al rico nunca le ofrezcan

y al pobre jamás le falten.

Bien lo pasa, hasta entre pampas,

el que respeta a la gente;

el hombre ha de ser prudente

para librarse de enojos:

cauteloso entre los flojos,

moderado entre valientes.

El trabajar es la ley,

porque es preciso alquirir;

no se espongan a sufrir

una triste situación:

sangra mucho el corazón

del que tiene que pedir.

Debe trabajar el hombre

para ganarse su pan;

pues la miseria, en su afán

de perseguir de mil modos,

llama en la puerta de todos

y entra en la del haragán.

A ningún hombre amenacen,

porque naides se acobarda;

poco en conocerlo tarda

quien amenaza imprudente:

que hay un peligro presente

y otro peligro se aguarda.

Para vencer un peligro,

salvar de cualquier abismo

-por esperencia lo afirmo-,

más que el sable y que la lanza

suele servir la confianza

que el hombre tiene en si mismo.

Nace el hombre con la astucia

que ha de servirle de guía;

sin ella sucumbiría:

pero, sigún mi esperencia,

se vuelve en unos prudencia

y en los otros picardía.

Aprovecha la ocasión

el hombre que es diligente;

y, tenganló bien presente:

si al compararla no yerro,

la ocasión es como el fierro:

se ha de machacar caliente.

Muchas cosas pierde el hombre

que a veces las vuelve a hallar;

pero les debo enseñar,

y es gúeno que lo recuerden:

si la verguenza se pierde,

jamás se vuelve a encontrar.

Los hermanos sean unidos

porque ésa es la ley primera

tengan unión verdadera

en cualquier tiempo que sea,

porque, si entre ellos pelean,

los devoran los de ajuera.

Respeten a los ancianos:

el burlarlos no es hazaña;

si andan entre gente estraña

deben ser muy precavidos,

pues por igual es tenido

quien con malos se acompaña.

La cigüeña, cuando es vieja,

pierde la vista, y procuran

cuidarla en su edá madura

todas sus hijas pequeñas:

apriendan de las cigüeñas

este ejemplo de ternura.

Si les hacen una ofensa,

aunque la echen en olvido,

vivan siempre prevenidos;

pues ciertamente sucede

que hablará muy mal de ustedes

aquel que los ha ofendido.

El que obedeciendo vive

nunca tiene suerte blanda,

mas con su soberbia agranda

el rigor en que padece:

obedezca al que obedece

y será gúeno el que manda.

Procuren de no perder

ni el tiempo ni la vergüenza;

como todo hombre que piensa,

procedan siempre con juicio;

y sepan que ningún vicio

acaba donde comienza.

Ave de pico encorvado

le tiene al robo afición;

pero el hombre de razón

no roba jamás un cobre,

pues no es vergúenza ser pobre

y es vergúenza ser ladrón.

El hombre no mate al hombre

ni pelé por fantasía;

tiene en la desgracia mía

un espejo en que mirarse;

saber el hombre guardarse

es la gran sabiduría.

La sangre que se redama

no se olvida hasta la muerte;

la impresión es de tal suerte,

que, a mi pesar, no lo niego,

cai como gotas de juego

en la alma dei que la vierte.

Es siempre, en toda ocasión,

el trago el pior enemigo;

con cariño se los digo,

recuérdenlo con cuidado:

aquel que ofiende embriagado

merece doble castigo.

Si se arma algun revolutis,

siempre han de ser los primeros,

no se muestren altaneros,

aungue la razón les sobre:

en la barba de los pobres

aprienden pa ser barberos.

Si entriegan su corazón

a alguna mujer querida,

no le hagan una partida

que la ofienda a la mujer:

siempre los ha de perder

una mujer ofendida.

Procuren, si son cantores,

el cantar con sentimiento,

ni tiemplen el estrumento

por sólo el gusto de hablar,

y acostúmbrense a cantar

en cosas de jundamento.

Y les doy estos consejos

que me ha costado alquirirlos,

porque deseo dirigirlos;

pero no alcanza mi cencia

hasta darles la prudencia

que precisan pa seguirlos.

Estas cosas y otras muchas

medité en mis soledades;

sepan que no hay falsedades

ni error en estos consejos:

es de la boca del viejo

de ande salen las verdades.